NOCHE DE PAZ (Relato)
Por
Hannia Zelaya
Se despertó sin saber
dónde estaba. Sólo veía la oscuridad en el pequeño espacio que la ahogaba y un
frío intenso recorría su cuerpo. Sentía los huesos tan congelados que llegó a
creer que con sólo parpadear se quebraría.
— ¿Dónde estoy?
—pensó.
Su preocupación
principal era que iba a llegar tarde a su casa y que “Lito” la regañaría si no
llevaba la cuota correspondiente.
—Lito me va a
coyundear —sollozaba, pero sus lamentos eran también por un extraño dolor en el
cuello y un ardor en la garganta, tan agudo que cada gota de saliva le quemaba
y en un instante pudo probar el sabor de su sangre.
“Lito” era la manera
que acostumbraba llamar a su padrastro. Un hombre que no parecía tener
instintos paternales, solía pasarse echado todo el día bebiendo guarón con los
vagos de su cuadra, bebía hasta intoxicarse. La manda a trabajar para que fuera
digna de ocupar el espacio sucio donde dormía y tener derecho al trozo de
periódico que le servía de frazada por las noches. Su madre ya ni voz tenía,
con la espalda reventada se resignaba a esperar la muerte mientras cocía los
guineos del desayuno, almuerzo y cena. La mujer era un cadáver viviente con un
espíritu envejecido y cansado.
—Lito, hay vuelvo pués
—y se iba al trabajo.
De esa noche no
recordaba muy bien lo que había pasado. Salió de su casa con su pelo escaso y
recogido, su falda hecha de retazos viejos que dejaba al desnudo sus raquíticas
piernas, las uñas rojos pintada con esmalte barato y un camisa que le quedaría
mejor a su madre. Se arregló coquetamente la ropa exhibiendo sus costillas y el
ombligo como un botón sin gracia.
Sus taconcitos sonaban
en el asfalto, caminaba ligero hacia la esquina y se dispuso a mostrar lo que
tenía. Después no recordaba más nada, apenas unas cuantas imágenes le pasaban
por su mente: ella en su cotidiana labor y una pelea con un hombre borracho.
Luego todo quedaba en blanco.
La desesperación
comenzó a atacarla, sentía miedo y desconcierto, lograba escuchar unas voces
pero no veía a nadie. Sólo tenía noción de una cosa, que estaba desnuda, pero
no había vergüenza, la confusión no se lo permitía. Además en la oscuridad
¿quién podría verla? No había porqué tener vergüenza.
¿Cuánto tiempo llevaré
aquí?—se dijo. ¿Me habré desmayado de hambre?
Ese día era igual que
cualquier otro, no había comido nada.
Seguía navegando en
sus dudas cuando de pronto el oscuro silencio se fragmentó. Una luz pálida e
intensa golpeó sus afligidos ojos y su cuerpecito moreno quedó al descubierto.
Trató de moverse e incorporarse pero no podía, era como si su cuerpo estuviera
adherido a la camilla. Lo único que distinguía era una inmensa lámpara grande
sobre su rostro y dos hombres explorándola y tocándola por todos lados.
—Pobrecita —se dijeron
entre sí, y la siguieron hurgando.
Trató de gritar,
llorar y golpear para defenderse pero una fuerza invisible la sujetaba. Aunque
sentía que lloraba las lágrimas no salían.
—¿Qué pasa? ¿Por qué
me tocan? ¿Quiénes son? ¡Ya que me dejen! —Pero no tardó mucho en descubrir la
realidad. El temor se fue y vino la tranquilidad. Ahora estaba convencida de
que esa noche nadie la golpearía.
—Tapémosla ya —dijeron
los médicos forenses aparentando frialdad. Cubrieron ese y otros cuerpos de la
morgue del Hospital Roberto Huembes y salieron consternados por la historia del
cadáver de la niña.
La mañana era agitada
en los mercados de Managua, una vieja verdulera hojeaba el periódico del día y
en la sección de sucesos vio el título: “Niña prostituta encontrada muerta en
un callejón”. Los curiosos que leyeron la historia completa se enteraron que
criatura había sido asesinada por un cliente que no quiso pagarle.
La noticia revoloteaba
por las calles mientras todo seguía su curso habitual. La agitada vida de los
pobres no tiene descanso, pero ahora alguien descansa sobre el tumulto. Esta
noche la niña dormiría en paz, en un lugar seguro aunque sea en las frías
paredes de la morgue.
Hannia Zelaya, 2006
HANNIA ZELAYA: Escritora y poetisa radicada en Carazo y activa colaboradora en las redes de CIUDAD DE ESCRITORES - 2020.
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